En un día como cualquier otro, la tentación me venció. Siempre he tenido una fascinación secreta por mi hermosa hermana de paso, Cumatoz. Sus curvas perfectas y su actitud desafiante me volvieron loco. Pero nunca imaginé que mis deseos más oscuros se harían realidad de una manera tan inesperada.
Todo comenzó una mañana soleada. Estaba en casa, aburrido y buscando algo que hacer. De repente, escuché el sonido del agua corriendo en el baño. Sabía que era ella, Cumatoz, tomando su ducha matutina. La tentación era irresistible. Con el corazón acelerado, me acerqué sigilosamente a la puerta del baño, tratando de echar un vistazo sin ser descubierto.
Lo que vi me dejó sin aliento. Cumatoz, con su cuerpo curvilíneo y sus enormes tetas naturales, se movía bajo el chorro de agua. Su piel mojada brillaba, y cada curva de su cuerpo era una tentación. No podía apartar la vista. Sus movimientos eran sensuales, casi hipnóticos. Sabía que estaba jugando con fuego, pero no podía resistirme.
De repente, la puerta del baño se abrió de golpe. Cumatoz, con una toalla envolviendo su cuerpo, me miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. «¿Qué demonios estás haciendo aquí?» preguntó, su voz tensa pero con un toque de diversión. No supe qué decir. Me había atrapado con las manos en la masa.
Pero en lugar de enfadarse, Cumatoz sonrió de manera traviesa. «Parece que te gusta lo que ves,» dijo, dejando caer la toalla lentamente. Mi corazón latía con fuerza mientras sus ojos se clavaban en los míos. «¿Quieres ver más?» preguntó, su voz llena de promesa.
Asentí, incapaz de formar palabras. Cumatoz se acercó a mí, su cuerpo húmedo y tentador. «Entonces ven conmigo,» susurró, tomando mi mano y llevándome a su habitación. La excitación y la anticipación me consumían mientras la seguía, sabiendo que estaba a punto de vivir una experiencia inolvidable.
En su habitación, Cumatoz me empujó suavemente contra la pared. Sus labios encontraron los míos en un beso apasionado y profundo. Mis manos exploraron su cuerpo, sintiendo cada curva, cada valle. Su piel era suave y cálida, y su aroma me embriagaba. Cumatoz me llevó a la cama, donde continuamos explorando nuestros cuerpos con una urgencia desesperada.
Nos movimos en un baile sensual, nuestras manos y labios trazando caminos de placer. Cumatoz se montó a horcajadas sobre mí, sus enormes tetas perfectas rebotando con cada movimiento. La sensación de su piel contra la mía era electrizante. Nos perdimos en un mar de pasión, nuestros cuerpos unidos en un ritmo perfecto.
El tiempo pareció detenerse mientras nos movíamos juntos, nuestros gemidos llenando la habitación. Cumatoz me miró a los ojos, su expresión llena de lujuria y deseo. «Fóllame más fuerte,» susurró, y obedecí, aumentando el ritmo y la intensidad. Cada empujón era más profundo, más intenso, llevándonos a ambos al borde del éxtasis.
Finalmente, con un grito de placer, Cumatoz alcanzó su orgasmo, su cuerpo temblando con la intensidad del clímax. La seguí poco después, liberando mi carga dentro de ella con un gemido gutural. Nos quedamos allí, jadeando y satisfechos, nuestros cuerpos entrelazados en un abrazo apretado.
A medida que nuestros corazones se calmaban, Cumatoz me miró con una sonrisa satisfecha. «Parece que te gusta espiar, ¿eh?» bromeó, y yo sonreí, sabiendo que había descubierto un secreto que cambiaría nuestra relación para siempre.
Esta experiencia me enseñó que a veces, la tentación más peligrosa es la más deliciosa. Cumatoz, con su cuerpo perfecto y su actitud desafiante, había despertado en mí un deseo que nunca supe que existía. Y ahora, cada vez que pienso en ella, no puedo evitar recordar ese día en el baño, cuando todo cambió.